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Confesiones de una gordita de clóset

My heart says pizza, but for the love of God woman, eat some celery.

Lo acepto: mi vida gira en torno a la comida, me encanta comer sabroso y oficial soy una gordita de clóset. Si me conoces ya sabes que estoy obsesionada con la comida, y la verdad es que mientras escribo esto, estoy pensando en lo que voy a desayunar mañana.

Probablemente todo empezó desde mucho tiempo antes, pero para mí todo fue ese día por ahí de 1997 en el que mi mamá me inscribió a Weight Watchers. Imagínenme a mí, una niña de 12 años en juntas semanales con pura señora cuarentona, aprendiendo a contar calorías y a amar el queso cottage light, formándose al final de una fila para que la pesen enfrente de todos #pobredemi. De verdad que en ese entonces, lo único que yo quería era no quererme comer ni una barrita Chewy de chispas de chocolate más, pero en ese entonces en mi casa esas se traficaban bajo esquemas de libre oferta y demanda y no había alacena suficientemente alta como para detenerme. Claro que no todo es culpa de mi mamá (hola ma, ¡te amo!), pero a partir de ese día y hasta hace unos cuantos años, todo cambió. Cada bocado de comida adquirió un significado adicional lleno de números, macros, cálculos, culpa, control…

Aquí lo relevante ya no es si yo estaba demasiado flaca, flaquita, chubby o rayando en la obesidad – porque créanme, he estado así en alguno o varios momentos de mi vida – sino el hecho de que yo calificara mi vida según mi peso y con cualquiera de esos adjetivos aludiendo a mi capacidad de ser, sentir, pensar o valer.

Encima de que una anda por la vida cargando todo este trauma, además hay que lidiar con que medio mundo habla y postea sobre su obsesión por la belleza y flacura o sobre el nuevo workout que salió, mi amiga más cool es la dueña del L’Encanto de Lola, y estoy obsesionada con los videos de Tasty (¿ya vieron el de tempura de oreos? *insert face screaming Munch emoji here*), sobretodo con los videos en los que hacen postres decadentes que definitivamente no deberían de existir.

Después de mucha batalla, demasiadas dietas y un sustote médico, quise empezar a vivir una vida saludable pero no teniéndome que sacrificar y dejar de comer lo que más se me antoja en la vida. Ya saben que vivimos en el mundo en el que existen los índices de obesidad más altos de la historia, miles de teorías de alimentación que se contradicen unas con las otras, y en el que todos profesan el último y verdadero secreto mágico para enflacar. Ah, y en este mundo, se tienen ciertas expectativas para una health coach: tienes que estar muy flaca, saber aceptar emocionalmente tu propio cuerpo, y jamás jamás jamás se te pueden antojar un pan francés hecho de concha, como si tú fueras súper humano y a ti nunca te pasaran ese tipo de cosas.

Así, darle la vuelta a la situación por supuesto que no fue fácil. Entender lo que mi mamá me estaba tratando de enseñar sobre comer saludable, fue un camino largo pero una experiencia que hoy creo que fue invaluable. Me costó mucho trabajo encontrarle lógica, y de verdad que ponerlo en práctica fue como si volviera a ser esa niña que iba a Weight Watchers todas las semanas.

Así que aquí estoy. Por fin no estoy restringiéndome, sino recorriendo el camino de una vida feliz y sana. Mi meta ya no es ser perfecta o nada, sino es encontrar un balance y disfrutar de una pizza de vez en cuando. Tratando de estar y ser saludable, sin tener siempre todas las respuestas. Comiendo delicioso, y (casi siempre) sin culpa. Definitivamente no soy una gurú super healthy, sino una aprendiz. Experimentando con toda la comida que disfruto y encontrado mejores opciones, porque de verdad me encanta comer. Y aunque llevo varios años curioseando y estudiando sobre la nutrición y salud, todavía tengo mucho que aprender.  Porque la vida es para eso, ¿no?

xo, MR.

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